Capitanas de Almadraba

Este es nuestro pequeño homenaje a las mujeres que sacaron adelante el Real de la Almadraba de Nueva Umbría con su tesón y esfuerzo, en una época y sector dominados por los hombres.

Hoy son ellas las protagonistas de este breve artículo en el que recordamos cómo era la vida de estas luchadoras contra viento y marea.

Hablar del Real de Nueva Umbría es hacerlo principalmente de hombres: capitanes, guardas, vigilantes, patrones, marineros… Sin embargo, la vida en el Real no hubiera sido posible sin sus hermanas, esposas e hijas, que desde la infancia trabajaban duro y sin descanso para que no faltara comida en la mesa de sus familias.

La infancia era corta para las niñas del Real y pocas podían ir a la escuela mixta que allí había, ya que pronto debían encargarse de cuidar a sus hermanos o ayudar en las tareas domésticas. La cercanía del mar les permitía pequeños ratos de libertad en la playa, donde disfrutaban del mar con sus amigas. La maestra era además una mujer, Doña Clotilde, que enseñaba a leer y escribir a los niños que cabían en el pequeño edificio que hacía de escuela.

Comprar, cocinar, lavar… en los barracones no faltaba las tareas domésticas, aunque de forma un tanto particular. El almuerzo se preparaba en dos fogones que había en cada cuarto compartido, la ropa se  lavaba con agua de los pozos, se tendía en las retamas y la compra se hacía sin dinero. A media mañana, las mujeres caminaban hasta la Cantina, la tienda del Consorcio Almadrabero situada a medio camino entre el Real Nuevo y el Real Viejo, donde se abastecían de lo necesario para preparar la comida. El pedido se anotaba en unos cuadernos de unas treinta o cuarenta hojas; cuando se llenaban, se utilizaba uno nuevo. Y así hasta el final de la temporada, cuando se hacía la liquidación y el valor de lo retirado en la Cantina se restaba de la paga correspondiente.

Las mujeres del Real eran laboriosas amas de casa, pero además intentaban conseguir unos ingresos extra para la familia recogiendo higos en las fincas de El Rompido o vendiendo pescado en Cartaya y Lepe, para lo que transportaban la mercancía en barca y luego en burro. Igualmente acudían mujeres desde El Rompido en barcas cargadas con fruta, como sandías y melones, que luego vendían en el Real.

Incansables de sol a sol y aún con fuerzas para animar las noches de verano en el Real, las mujeres que allí vivieron son una muestra de tesón y empeño en una época en la que estaban supeditadas a sus padres y maridos. Nuestras madres, tías y abuelas eran auténticas capitanas de sus familias, dando la vida por su particular tripulación con esmero y cariño. Eran capitanas de almadraba.